El canónigo de Alozaina y lo que fue el periodismo




eN el año 1909 había un cura en Alozaina (Málaga) que se llamaba Antonio Trujillo y toda la vida local del municipio se articulaba a su alrededor. Lo leí hace tiempo en un especial sobre el caciquismo en Málaga que se hacía eco de una información de El Popular, un periódico de aquella época. Antonio Trujillo, al que en el pueblo le llamaban el Canónigo, era el amo y señor de aquel municipio y todo el que tenía un puesto en el pueblo se lo debía a él. Aquí llevan la lista, copiada literalmente de El Popular: "Alcalde primero, cuñado del cura; primer teniente de alcalde, tío del cura; tercer teniente de alcalde, hermano del cura; secretario del ayuntamiento, cuñado de una señora cuyos bienes administra el cura; depositario de fondos municipales, sacristán del pueblo, uña y carne del cura; recaudador de arbitrios, concuñado del cura; oficial primero del ayuntamiento, tío del cura; oficial segundo, hermano del sacristán; maestro de instrucción pública, asesor del cura; médico titular, protegido del cura; juez suplente, hermano del cura; fiscal municipal, concuñado del cura; alguaciles del juzgado, sirvientes del cura".

Como pueden comprobar, a pesar de los tiempos, se hacía un magnífico periodismo por aquel entonces. Al menos, en cuanto a la precisión con la que se informaban de los enchufes y apaños. Aquello era completamente natural en esa época, dentro de ese sistema caciquil que funcionaba en la mayoría de los pueblos de una España muy retrasada, pobre y analfabeta, donde nada era posible sin encomendarse antes a un cacique local para que te resolviera cualquier problema.

Cada vez que llegan unas elecciones, yo me acuerdo del cura de Alozaina. En cuatro décadas de democracia todavía no existe un único partido político en España que haya resuelto con cierta dignidad la confección de sus listas electorales y el reparto se sigue pareciendo demasiado a como Antonio Trujillo resolvía la asignación de cargos en su pueblo. Los militantes, en aquellos partidos donde se vota algo, aprueban listas cerradas en el orden que le viene impuesto por la dirección, que es quien decide los puestos de salida a tenor de las expectativas con las que se presentan. En los otros partidos, en los que sus militantes tan siquiera tienen opción de elegir, es el líder nacional quién comunicaba su decisión después de una asamblea a la que asiste él y su almohada. Tampoco para los votantes existe opción alguna para decidir a quién entregar el sufragio. Hay que votar por la lista completa de un partido político, lleve a un torpe de primero en su provincia para el Congreso o a un indocumentado de segundo para el Senado.

El otro día leí a una chica en las redes sociales reprocharnos a los periodistas por la paliza que estábamos dando sobre la número uno al Congreso por el PP en Málaga, que se acababa de anunciar. Lo hacía en general -no en particular- con una frase elocuente: "¿Pero hay alguien a quién le importa quién va de número 1 por una provincia?". Esta chica tenía más razón que un santo. Demasiadas veces los periodistas dedicamos enormes esfuerzos e infinitas letras para escribir de cosas que no interesan a nadie y poco tiempo a explicar cómo se han hecho esas cosas y a qué razones obedece.

Una buena crónica de las candidaturas electorales debería ser similar a la que hizo a principios del año 1909 el periódico El Popular con el reparto de cargos en Alozaina. O lo que es lo mismo, fijar primero los pequeños caciques locales de cada partido político y las relaciones con los integrantes de la candidatura, relatando los supuestos "méritos" que tienen para ir en ella. Afortunadamente, más de un siglo después habrán desaparecido los lazos consanguíneos, pero se nos llenará el listado de candidatos cuyo gran logro para figurar ha sido la lealtad a sus jefes. Sin duda, se trata de un avance sustancial sobre el caciquismo en política, pero tendrán que admitir que un avance escasamente importante a la hora de mejorar la democracia.

El otro día le escuche a un dirigente nacional del PP anunciar que una de las medidas que iba a adoptar para reducir los gastos de la campaña era la de renunciar a las banderolas en las farolas con las fotos del candidato. Dijo: "Rajoy es ya lo suficientemente conocido". No lo comentó, pero igual habría que añadir: y los candidatos, en cada provincia, lo suficientemente desconocidos para que sigan sin conocerlos nadie. En el PP, al igual que ocurre con la mayoría de los partidos políticos, se hacen las listas al estilo del Canónigo de Alozaina. Los números uno son los que amasan los votos de su provincia para apoyar al líder en los congresos; los dos, los palmeros de la primera fila que aplauden sus intervenciones; los tres, los que felicitan al líder -por ejemplo- en su lucha denodada contra la corrupción…. Y así hasta los puestos donde figuran los que no van a ser elegidos, que es a partir de donde se van colocando los que aplauden menos, pero que siguen todavía aplaudiendo.


Y qué buena información hizo El Popular en 1909 con la lista del cura de Alozaina. Eso sí que era periodismo: el de contar con pelos y señales el motivo por el que llega cada uno a cada sitio.

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