Derechos y deberes de un corrupto




HACE unos años fue detenido en Italia el último gran padrino de la mafia siciliana, Salvatore Lo Piccolo. Llevaba 25 años como fugitivo y cuando fue arrestado le localizaron un bolso de cuero en cuyo interior apareció un texto que se titulaba Derechos y Deberes. Era una especie de manual del buen mafioso, con una serie de códigos que debía tener en cuenta todo miembro de tan selecto club. En total diez puntos que, como los mandamientos, se resumían en uno: la primera regla de la mafia es que la mafia no existe.

Según el manual del perfecto mafioso, un verdadero hombre de honor no debía tomar ni jugar ni frecuentar las tabernas. Tampoco llegar tarde a las citas ni mirar a las mujeres de sus colegas. Se les prohibía robar dinero a otros mafiosos y, sobre todas las cosas, una lealtad ciega e incondicional a la organización. Así de contundente rezaba el quinto mandamiento: "Aunque la esposa esté a punto de parir, hay que estar siempre disponible para la Cosa Nostra". El punto décimo era el más importante de todos, ya que en él se explicaba quién nunca podría formar parte de esta organización criminal. Y decía: "La organización prohíbe el ingreso a todo aquel que tenga un pariente en las fuerzas del orden, que haya traicionado a su familia o que haya tenido un comportamiento pésimo sin valores morales".

No es la primera que escribo que no hay un solo cargo público investigado por corrupción que, tras ser acusado de un delito, haya admitido su culpabilidad. A los corruptos les paso como a los miembros de la mafia siciliana, que la primera respuesta ante un caso de corrupción es negar que exista corrupción alguna. Y a partir de ahí se van sucediendo las otras negaciones. En este país, hay imputados que son capaces de justificar millones de euros de cuentas en Suiza en una supuesta herencia que recibieron tres décadas antes y de cuya existencia no sabían nada ni los propios afortunados. España tendremos muchos déficits, pero no de ingenio. Aquí hemos escuchados las más originales y ocurrentes excusas que puede ofrecer la inteligencia humana cuando a un político le pillan con las manos en la masa.

Sin embargo, en contra de lo que sucede con la mafia, los corruptos en España no han tenido nunca un código de valores. Aquí no se respeta nada. Si un corrupto de derechas, católico, apostólico y romano, fuese un hombre de honor, en su vida se hubiese atrevido a cobrar mordidas con la visita de un Papa. Y eso ha ocurrido en nuestro país. Pasa igual, con los corruptos de izquierdas. ¿Qué corrupto progresista con valores de solidaridad hubiese trincado con el dinero destinado a los cursos de formación a los parados? Únicamente en España. Tenemos muchos corruptos en este país que, en base al artículo diez del manual del perfecto mafioso, le hubieran prohibido la entrada en la Cosa Nostra por carecer de unos mínimos valores morales.

Otra cosa que nunca han respetado los corruptos es lo de no frecuentar las tabernas, como le reclama la mafia a sus miembros. España es un país muy de bares. Y todos los grandes pelotazos -esos, en los que había dinero que repartir- se han rubricado en el reservado de un restaurante con un buen vino, un chuletón y un puñado de gambas. Desde una recalificación a una concesión del servicio de basuras, pasando por un concurso público o una adjudicación directa. En España, el gin-tonic ha hecho mucho bien al entendimiento entre las administraciones públicas y las empresas constructoras, sobre todo en las circunstancias más adversas de la crisis económica. Frente a lo que ocurre con la mafia, los corruptos en España se han olvidado de otro punto esencial del manual: la discreción. A ningún mafioso del mundo se le ocurriría llamar a su hijo por teléfono para explicarle una cómo se blanquea el dinero. Esas cosas se hacen, pero no alardea uno de ellas.

-¿No lo entiendes, cariño?

-"Es que ellos tienen mucho dinero negro"

-¿Quién?

-"Pues de empresas del partido, de empresas, comisiones, corrupciones…"

Esto le decía una concejala a su hijo en una de las conversaciones grabadas por la policía en Valencia. Hay que ser muy torpe, o tener mucha sensación de impunidad, para en abril de 2015, cuando caían chuzos de punta sobre el PP en la comunidad valenciana por la presunta financiación irregular de este partido, una edil cogiera su móvil para explicarle a su hijo que le han dado mil euros en billetes de quinientos y que debe ingresar un cheque con esa misma cantidad en una cuenta para blanquearlo. Y que los apuntes en una libreta, con fotocopia de cada cheque. Vamos, un desastre de corrupto.

-¡Ah! Yo que sé, cariño.

-Si como tú me dijiste una vez, y tienes más razón que un santo, en este país lo único que funciona es la corrupción.

El decálogo de Salvatore Lo Piccalo fue hallado en un viejo bolso de cuero, junto a una estampita religiosa y las instrucciones con la frase que debían pronunciar quienes lograban acceder a la milenaria organización. "Juro ser fiel a la Cosa Nostra. Si la traicionara, que se quemen mis carnes como se quema esta estampita", decía el texto que debía recitarse en la ceremonia de iniciación.


Yo cada vez que escucho a un político ofrecer una rueda de prensa negando su vinculación en un caso de sinvergonzonería en el que el barro le llega ya hasta las orejas, me parece la misma ceremonia de siempre en toda trama de corrupción. La de la primera regla de la mafia: la de la corrupción no existe, como tampoco existe la mafia. Y a partir de ese momento empieza la otra iniciación, la de quemarse pegado al sillón del cargo hasta achicharrarse vivo, con estampita incluida. Eso sí, tras recordarle a su propio partido político los años de fidelidad a la causa nostra, sus -muchos- derechos de presunto y sus -ningunos- deberes de responsabilidad pública.

Publicado en Málaga Hoy. Ilustración de Daniel Rosell. 

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